Salas de cine, eran otros tiempos

Hasta hace unas décadas, en Santiago Papasquiaro, como en otros municipios las salas de cine eran parte del comercio local. En la ciudad, había tres salas de cine; México, Impala y Santiago, que pertenecían a empresarios locales. 

Frente a la Plaza de Armas, bajo los portales estaba el acceso al cine Santiago; en calle Hidalgo, junto a la Casa Colorada se encontraba el cine Evangelina que después cambiaría su nombre por Cine México; y frente a la Calzada José Ramón Valdez, el último en abrir, el Cine Impala. 

El cierre de muchas pequeñas salas de cine en el país vino propiciado por la severa crisis económica que vivió el país a finales de los ochentas y principios de los noventa; por otra parte, la poca calidad de la producción cinematográfica nacional, además de la llegada del nuevo medio de entretenimiento en casa, el VHS (Video Home System) y con él, la llegada de los Video Clubs, ahora también extintos. 

Los que antes eran espacios para el encuentro hoy se convierten en lugares abandonados, cerrados y en venta que quedan en meros recuerdos para las generaciones que pudieron asistir; y aunque hoy la población demande la apertura de una nueva sala de cine, diversos factores dificultan que eso sea posible para el duopolio Cinépolis – Cinemex. 

Durante los últimos años, ha sido parte de los discursos de campaña en los temas relacionados a la cultura, la construcción de una cineteca municipal que permita de una forma más accesible llevar nuevamente el cine a la gente, no obstante, es importante mencionar que una cineteca es un espacio destinado a preservar el cine nacional e internacional, así como promover la cultura fílmica, por lo que, lejos de un cine comercial, una cineteca mira por una cartelera más clásica y alternativa. Sigue siendo importante mencionar que junto a lo que prometía la restauración de la casa de Silvestre Revueltas, en Santiago Papasquiaro, como ser un museo dedicado a la familia del músico, estaría la construcción de una cineteca; proyecto que quedaría empolvado ante la incapacidad de los gobernantes y funcionarios culturales por sacarlo adelante; un sueño que revive cada tres años para culpar y prometer.

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